martes, 6 de mayo de 2014

La búsqueda del tesoro

Era cerca del mediodía, y a esa hora uno empieza a relacionar todo con comida. En realidad, como desde las 11 uno ya tiene la idea fija, pero yo intentaba subestimar al estómago. Hasta que el muy guacho dice: “Ah, ¿así me atendés? Ahora voy a hacer un ruido tremendo para que todos sepan lo cagada de hambre que estás. Justo en medio de la pausa que hace la profe para respirar.”

Bueno, eso no pasó hoy. Fue la semana pasada, en el mismo horario, y escuché otros estómagos despechados a lo lejos.

Como les decía, inevitablemente empezamos a relacionar todo con comida: ejemplos de packaging, ingredientes, distribución, etapa del producto, por ejemplo, la recordativa, POR EJEMPLO LA QUE LE ESTARÍA FALTANDO A LOS CAPITÁN DEL ESPACIO… Sí, estábamos en clase de publicidad y propaganda.

Le dije mi no tan ocurrente ejemplo a la profesora, quien tras una breve pausa me pregunta: ¿Qué son los Capitán del Espacio?

Anonadada, en menos de 5 minutos le di una cátedra del producto. Le conté que, lejos de querer resaltar sus características denotativas, es el mejor alfajor del mundo; que desgraciadamente tienen una distribución muy escasa; que tiene ese gusto medio caserito; que era el que me compraban mis viejos para ir a la escuela; que yo siempre compraba el blanco porque es el más rico; que un día por casualidad, despues de unos años, pude comprar uno en el kiosquito a la vuelta de casa; que no puede ser que no haya en todos lados; que tampoco puede ser que muchos nunca hayan oído acerca de esta majestuoso tesoro; que bla bla bla!
Aunque parezca, no me pagaron para decir eso. Simplemente tenía que serle fiel a mis gustos o, mejor dicho, a lo más profundo de mis entrañas.

La profesora es de Rosario, lo cual me hizo pensar que la distancia los expropiaba de este manjar a muchos más. Una amiga que es de Misiones también me confirmó su desconocimiento.

Escarbando en el asunto, guglié (que viene de googlear, que viene de Google) “capitán del espacio”. Me encontré con una historia tan conmovedora como jodida: su difunto fundador, oriundo de Quilmes, ganaba bien con su producción, teniendo un 100% de ventas aseguradas todos los días. Esto hizo que el señor, para nada avaro, se estancara en sus ambiciones y jodiera a todos sus clientes que, dicho sea de paso, se convirtieron en fanáticos del alfajor inmediatamente al comer uno por vez primera.



“Disculpe Señor, pero es usted muy cruel. O amplia la producción y distribución, o los hace más feos”, le diría. Porque esto así no puede ser.

Entre otras cosas, encontré un blog en el que el muy descarado escritor decía que eran en realidad “uno más del montón”. Que no tenía mucho dulce de leche, que la galleta es normal, y no sé que más. Toda una lista muy prolijita diciendo por qué no hay que quererlo. Para mí tiene la dosis justa de dulce, glasé, y hasta con la tapa medio torcida es perfecto, no me jodan.

Ah, y se llama así porque en esa época se hablaba mucho de que el hombre fuera al espacio, según escasas palabras de Angelito, el fundador que muy pocas veces concedía entrevistas.

En fin, siento mucho que algunos de ustedes no hayan podido todavía degustarlo y que yo no pueda conseguirlo en Entre Ríos. Acepto encomiendas.


lunes, 14 de abril de 2014

Lista de música gloriosa

No estoy segura si mi celular no es lo suficientemente tecnológico como para agrupar en una misma lista, canciones que se relacionan; o es demasiado sofisticado para que una mente finita como la mía no lo entienda. Cualquiera sea el caso, me llevó a pensar en algo que diariamente vivimos.


Música... la manteca de la tostada, o... ¡la caca de perro en la suela de tu zapatilla recién lavada!

Es hermosa la sensación de estar escuchando, en el momento exacto, lo que nuestro cuerpo nos pide (nótese que no sólo los oídos). La vida sonríe, o llora, o rompe caras hipotéticamente a la par nuestra. Qué lindo...
Una vez vi la publicidad de un reproductor de música al que le podías cargar las canciones que quisieras, como cualquier otro. Nada más que éste tiene la particularidad de percibir tu estado de ánimo y de acuerdo a eso, elige la música indicada. ¡Genial!
Hasta que eso llegue a Argentina -o por lo menos a mis manos-, es que decidí hacer un aporte a mis caprichos.

Esta mañana, soleada, fresca y con un poco de neblina, salí a caminar. Auriculares, ojos pseudo abiertos, música acorde: Wind of change, de The Scorpions. Suspiro de aire puro... Pasaron los 5:15 minutos y... "canción gloriosa", pensé. Casi me olvido de un detalle: modo aleatorio. Y sigue Feeling Alright, de Rebelution. Me cagó el clima totalmente. Lindo tema, si no, no lo tendría. Pero no hay derecho.
Así fue que decidí ponerle punto final a esta catástrofe.

"Llego a casa y voy a hacer la Lista de música gloriosa", me dije.

Les puedo asegurar que es algo por demás útil, 100% recomendado. No les voy a decir qué temas incluir, ya que eso es muy personal. 
Pueden sumarle canciones que les genere los siguientes síntomas:

- Euforia
- Piel de gallina en algún solo de guitarra
- Ganas de gritar la letra
- Fuerte cerrar de ojos y mordedura de labio inferior, simultáneamente
- Sonrisa difícil de ocultar
- Intento de percusión con cualquier objeto que se tenga en la mano
- Necesidad de tener un woofer
- Todo lo anterior junto

¡Buena suerte! :)


miércoles, 26 de marzo de 2014

Natural

Sin rumbo fijo, anhela escapar. Ni siquiera puede ver si lo que está detrás es su propia estela o sólo neblina ocular. O neblina y luces. O luces frías. Frío y sombra. Acelera el paso, liviano e incierto, humanamente robótico. Luz y sombra.
No es su estela, no son las luces, ni la niebla, ni los ojos, ni el frío, ni la sombra, ni el perro nervioso que ladra rogando atención. No es.
Es la misma escapatoria de la nada hacia la nada. Un paso y otro más. Sin estela, sin frío. Un meteorito apagado.
La sombra es la anti-estela. La sombra no se le despega y va adelante, firmemente delineada. Es tanto el parecido… Y no es un espejo. Debe ser así… La luz insiste.
 Al cachorro le gusta intentar agarrar su cola. En algún momento se cansa y se olvida de lo que quería hacer.




sábado, 15 de marzo de 2014

Horacio

Pedante y consciente de serlo, se pasa la vida buscando respuestas a preguntas que nunca nadie le formuló. Ni siquiera él. La comodidad le incomoda, en eso me siento identificada con él. Pero no soporta la comodidad ajena. Supongo que la percibe como una ofensa planeada para arruinar personalmente su vida. Todo gira en torno suyo y no hace mucho esfuerzo para escaparse del eje. Lo inevitable le sobrepasa como una condena a muerte a la que ya es tarde renunciar. Nunca se tiene la oportunidad de renunciar a semejante honor, y él lo sabe. Como la huella digital que nos ha tocado a cada uno, a él le toco la certeza de lo incierto, motivo por el cual lo imaginé transcurriendo sus días con cara de culo o, en su defecto, de concentración. No hay tiempo para la distracción a costa dela  ignorancia. La vida estática y conformista le causa alergias por doquier. En la cabeza, las uñas, las pestañas, el alma. Se supone que algo que no tenemos y que tampoco deseamos no debería causarnos el mal. Maldecir algo que poseemos causa un vacío. Será que se tuvo que resignar a su cerebro con contractura crónica.

Lo amo, lo odio, lo admiro, lo rechazo. Digno de respeto y lástima. Tan lejano porque así lo decidió, porque no es compatible con la sociedad, la que lo recibe y admira, y odia, y escucha atentamente sin interrumpir sus monólogos. Y él lo sabe. Necesita palabras para imponer distancia -y no barreras- aunque él se quiera convencer de que no es así. Reniega con palabras sobre las palabras. Anhela contagiarse de Morelli, fracasando vez tras vez. Aunque quiera, nunca podrá prescindir de las palabras, porque ellas son sus únicas aliadas, quienes ayudan a pasar su hilo por el estrecho embudo cuya boca era lo suficientemente amplia como para rodear momentáneamente un ovillo de palabras. Palabras... las que lo enmarañan y tienen como rehén, en penitencia hasta que todo lo que piensa sea traducido al corriente vocabulario. Porque el suyo es demoníaco, malintencionado, unilateral. Sobre todo unilateral.

Habla solo, no le interesa que el viento se lleve sus palabras. Lo mismo le daría si fuera mudo.

Piensa y habla. Sobre todo, piensa; sobre todo, habla. No va a hablar de algo sin previo análisis de todas las realidades posibles, y eso lo agobia.
Llega a la conclusión de que -a pesar de sospecharlas- no es omnipresente en todas ellas como para hablar de grandes verdades, y eso lo agobia.
Sin embargo, no descansa en el regazo de esa idea, de la que tiene total certeza. Lucha constantemente hasta, por lo menos, ser entendido al punto de no entenderse más porque no se puede, y eso lo agobia.
Y toma vodka malo, después un poco de vino, fuma, vodka, fuma y fuma, ceba mate despacito, mientras hace de las palabras ajenas algo miserable, como su ovillo de palabras que son invisibles a los demás y no le avergüenza, se siente superior a quien deja en ridículo. 
Mientras ellos dormían soñando con los desechos de su día, él tomaba los propios y le sacaba el jugo, así fuera ácido como el limón. Le divierte ver cómo los otros fruncen la cara al beber de su jugo, una y otra vez, y eso lo agobia más que otra cosa. Todo es predecible, nada lo sorprende. Sus ojos no se abren más que por la mitad. No necesita mirar al 100% porque, claro, ya lo sabe.

Está seguro de lo que sabe, conoce su límite. Le da risa el absurdo, habla calurosamente, le vuelve a dar risa, se siente pequeño, se rinde y prende un pucho con una mano temblorosa, mira por la ventana y "qué tiempo de locos, che".

martes, 25 de febrero de 2014

No, yo prefiero mirar

¡La escuela! Hacía rato que no iba. Bah, en realidad, fui en diciembre para el egreso de mi hermana, y era en el gimnasio. Otra cosa, otro ambiente.
Los chicos, impecables con sus trajes. Las chicas, ansiosas por mostrar su vestido tan cuidadosamente elegido. Los profes... supongo que esperando que termine ese calvario de acto de una vez, desde el momento en que empezó a retrasarse su inicio. Y los padres con sus cámaras cargadas, puteando a los irresponsables progenitores de esas criaturas que no paran de hacer ruido mientras el compañero destacado lee el tan emotivo discurso de despedida.
Pero hoy fui a la mañana, en horario de trabajo, mientras algunos rendirían materias. El olor a escuela se sentía de la puerta. Nos recibió la preceptora que ya estaba cuando yo terminé 3º (ó 5º, como le dicen ahora. ¿O le dicen otra vez 3º? pff).
Salimos y le pregunté a mi hermana si no iba a extrañar aunque sea un poco todo eso. Me dijo que no.
¿Y las horas libres? ¿Y los bizcochos que comprábamos para acompañar los mates en las horas libres? Esa rutina que, a pesar de renegar, te hacía la vida fácil y tu única preocupación era que llegara el viernes. ¿No vas a extrañar eso? Me dijo que no.
Desalentada, recordé que seguramente yo tampoco veía la hora de terminar la escuela; de que, si iba a estudiar, que por lo menos sea algo que me guste, cambiar de aire. Cualquier cosa iba a ser mejor. Mi memoria empezó a progresar. Y ahí lo recordé.

Cómo odiaba las clases de educación física.

Desde que tengo uso de razón, siempre me fue mal (sí, en 1º grado también) y todo bien con el matador y demás juegos para entrar en calor. Pero desde el momento en que me hiciste transpirar una gota o mi respiración se asemeja a la de mi perro en pleno verano, no me agradás, profesor. 
Ni hablemos de esos no sé cuántos metros que nos hacían correr en el Estadio. Yo siempre me escondía en el baño cada 1 ó 2 vueltas mientras el profesor no nos veía. Y digo "nos" porque por alguna no tan extraña razón, siempre me acoplaba a otras tan ojotas como yo. Eramos cómplices, y las deportistas, nuestras mayores enemigas. 
Soy la anticrack, el mesías de la pachorra, y me vienen a obligar a correr.¡Encima por una nota! 
Qué puedo decir del handball... Mis peores recuerdos, mis mayores fracasos están guardados en este deporte de mierrrrda. Si cambiábamos de grupo, por ahí podía recuperar mi mala fama de inservible. Pero en cuanto pasaba una clase, mi no-destreza era descubierta. Lo peor de todo es que me enojaba mucho cuando no me pasaban la pelota. Había algo en mí que me decía que tal vez, sólo tal vez, era porque podía llegar a cagar el juego.
El fenómeno es aplicable a cualquier deporte.



No quiero que mis queridos lectores formen una mala imagen mía en sus cabezas. Sé que el deporte es salud. No soy un germen tampoco. Un poco nomás. Simplemente no disfruto el cansancio excesivo y la respiración dolorosa.

sábado, 8 de febrero de 2014

¡¿Y cómo dice...?!

Uno sabe que hay cuestiones que escapan al conocimiento humano, o, al menos, al de la mayoría de los mortales. Se es más bien promedio, con la sabiduría suficiente como para abrir una botella de gaseosa violentamente batida con anterioridad, sin que se nos rebalse. Unos pocos saben cómo evitar tirar un vaso lleno con bebida pegajosa, pero ahí ya estaríamos entrando en un terreno más barroso. 
Aspectos esenciales en la vida, aprendizajes que nos acercan más al mañana que anhelamos; rústicas herramientas que sólo los iluminados sabrán moldear de forma ergonómica para su uso cotidiano.
 Marcelo Tinelli es un banana, pero seguro que vos no podés comer un alfajor de un solo bocado como él. Talentos que… no, talentos no. Conocimientos abrumadores que mueven multitudes deseosas de poder hacer lo mismo.
Franklin sabía contar de dos en dos y atar sus agujetas, pero siempre había algo que la pobre tortuga (o tortugo, nunca supe) ignoraba y debía afrontarlo junto a sus amigos absurda y desproporcionalmente iguales a él. De modo que, para cuando un capitulo finalizara, Franklin era más apto para convivir en “sociedad” (si se le puede llamar así, ya que era un bosque poblado por animales). 
Quizá si no fuera por el profesor Búho, Franklin sería hoy un inadaptado social que ata agujetas por la vida. Por suerte no resultó así.
Vayamos a la perspectiva cotidiana, al día a día... ¿Sos un queso en la cocina? No importa, se puede disimular. Seguro sos un sofisticado cliente de los delibery’s y no sos de los que piden una mozzarela ¡pfff! De rúcula y jamón crudo, o a lo sumo, una de roquefort.
¿No entendés la diferencia entre los tipos de vinos? También se puede disimular. Te servís un poquito, movés la copa en círculos y lo olés delicadamente. Posterior a un silencioso sorbo, lo aprobás. No tires nombres al azar, mientras menos arriesgues, mejor.

Pero hay algo que no se acepta de ninguna manera y la condena es dura si no sabés hacerlo, porque automáticamente de convertís en la gota de aceite en un vaso de agua. Rancho aparte, totalmente. La desesperación es notoria, y nadie te va a ayudar. Y no intentes disimularlo, es en vano. Mirás a todos disfrutando de ese conocimiento, esa capacidad de memoria que te da un empujón cuando todo está silencioso. Querés ser parte del todo, y el todo te da un caluroso abrazo de bienvenida porque sos un miembro ejemplar y aplicado. No como esos… esos estúpidos que intentan taparse como si nadie lo notara. Pobres.
¡El todo es absorbente, pero no me absorbe a mi! Y todo por eso. Debo aceptarlo y compartir con ustedes esta desgracia que, espero, no sea motivo de prejuicio. No es mi culpa, no lo puedo evitar…



No me sé ninguna puta letra de canciones. Es horrible. Todos muy gozosos entonando las estrofas de esos anthems infaltables de Tan Bionica o Abel Pintos (o Agapornis, en su defecto). O las de Fito, Los Redondos, Fabiana Cantilo, qué se yo.  Charly querido, perdón por esta deficiencia. Intoxicados, después Daddy Yankee. Toda esa cosa que nada que ver con nada pero que tienen esto en común. No hay caso, no retengo las palabras.
Lo bueno es que no estoy sola en esto. Mi amiga Lucha (perdón por el quemo) también lo padece. Y no podemos hacer más que reírnos de esta realidad. Al mejor estilo Capussotto, nos pasamos el mando después de esa parte conocida tipo “que noche mágica, ciudad de Buenos Aires” y no se cómo sigue, como poniendo a prueba a la otra. O nos reímos a carcajadas de forma artificialmente oportuna. También nos funciona tomar un trago mientras tanto. Absolutamente al pedo. Yo sé que se nota.
No hay medicina para esto, porque no se lo considera una enfermedad. Mal hecho. Nos convierte en monstruos que bailan como si se pusieran en la piel del tema.
El karaoke me parece simpático.