sábado, 15 de marzo de 2014

Horacio

Pedante y consciente de serlo, se pasa la vida buscando respuestas a preguntas que nunca nadie le formuló. Ni siquiera él. La comodidad le incomoda, en eso me siento identificada con él. Pero no soporta la comodidad ajena. Supongo que la percibe como una ofensa planeada para arruinar personalmente su vida. Todo gira en torno suyo y no hace mucho esfuerzo para escaparse del eje. Lo inevitable le sobrepasa como una condena a muerte a la que ya es tarde renunciar. Nunca se tiene la oportunidad de renunciar a semejante honor, y él lo sabe. Como la huella digital que nos ha tocado a cada uno, a él le toco la certeza de lo incierto, motivo por el cual lo imaginé transcurriendo sus días con cara de culo o, en su defecto, de concentración. No hay tiempo para la distracción a costa dela  ignorancia. La vida estática y conformista le causa alergias por doquier. En la cabeza, las uñas, las pestañas, el alma. Se supone que algo que no tenemos y que tampoco deseamos no debería causarnos el mal. Maldecir algo que poseemos causa un vacío. Será que se tuvo que resignar a su cerebro con contractura crónica.

Lo amo, lo odio, lo admiro, lo rechazo. Digno de respeto y lástima. Tan lejano porque así lo decidió, porque no es compatible con la sociedad, la que lo recibe y admira, y odia, y escucha atentamente sin interrumpir sus monólogos. Y él lo sabe. Necesita palabras para imponer distancia -y no barreras- aunque él se quiera convencer de que no es así. Reniega con palabras sobre las palabras. Anhela contagiarse de Morelli, fracasando vez tras vez. Aunque quiera, nunca podrá prescindir de las palabras, porque ellas son sus únicas aliadas, quienes ayudan a pasar su hilo por el estrecho embudo cuya boca era lo suficientemente amplia como para rodear momentáneamente un ovillo de palabras. Palabras... las que lo enmarañan y tienen como rehén, en penitencia hasta que todo lo que piensa sea traducido al corriente vocabulario. Porque el suyo es demoníaco, malintencionado, unilateral. Sobre todo unilateral.

Habla solo, no le interesa que el viento se lleve sus palabras. Lo mismo le daría si fuera mudo.

Piensa y habla. Sobre todo, piensa; sobre todo, habla. No va a hablar de algo sin previo análisis de todas las realidades posibles, y eso lo agobia.
Llega a la conclusión de que -a pesar de sospecharlas- no es omnipresente en todas ellas como para hablar de grandes verdades, y eso lo agobia.
Sin embargo, no descansa en el regazo de esa idea, de la que tiene total certeza. Lucha constantemente hasta, por lo menos, ser entendido al punto de no entenderse más porque no se puede, y eso lo agobia.
Y toma vodka malo, después un poco de vino, fuma, vodka, fuma y fuma, ceba mate despacito, mientras hace de las palabras ajenas algo miserable, como su ovillo de palabras que son invisibles a los demás y no le avergüenza, se siente superior a quien deja en ridículo. 
Mientras ellos dormían soñando con los desechos de su día, él tomaba los propios y le sacaba el jugo, así fuera ácido como el limón. Le divierte ver cómo los otros fruncen la cara al beber de su jugo, una y otra vez, y eso lo agobia más que otra cosa. Todo es predecible, nada lo sorprende. Sus ojos no se abren más que por la mitad. No necesita mirar al 100% porque, claro, ya lo sabe.

Está seguro de lo que sabe, conoce su límite. Le da risa el absurdo, habla calurosamente, le vuelve a dar risa, se siente pequeño, se rinde y prende un pucho con una mano temblorosa, mira por la ventana y "qué tiempo de locos, che".

martes, 25 de febrero de 2014

No, yo prefiero mirar

¡La escuela! Hacía rato que no iba. Bah, en realidad, fui en diciembre para el egreso de mi hermana, y era en el gimnasio. Otra cosa, otro ambiente.
Los chicos, impecables con sus trajes. Las chicas, ansiosas por mostrar su vestido tan cuidadosamente elegido. Los profes... supongo que esperando que termine ese calvario de acto de una vez, desde el momento en que empezó a retrasarse su inicio. Y los padres con sus cámaras cargadas, puteando a los irresponsables progenitores de esas criaturas que no paran de hacer ruido mientras el compañero destacado lee el tan emotivo discurso de despedida.
Pero hoy fui a la mañana, en horario de trabajo, mientras algunos rendirían materias. El olor a escuela se sentía de la puerta. Nos recibió la preceptora que ya estaba cuando yo terminé 3º (ó 5º, como le dicen ahora. ¿O le dicen otra vez 3º? pff).
Salimos y le pregunté a mi hermana si no iba a extrañar aunque sea un poco todo eso. Me dijo que no.
¿Y las horas libres? ¿Y los bizcochos que comprábamos para acompañar los mates en las horas libres? Esa rutina que, a pesar de renegar, te hacía la vida fácil y tu única preocupación era que llegara el viernes. ¿No vas a extrañar eso? Me dijo que no.
Desalentada, recordé que seguramente yo tampoco veía la hora de terminar la escuela; de que, si iba a estudiar, que por lo menos sea algo que me guste, cambiar de aire. Cualquier cosa iba a ser mejor. Mi memoria empezó a progresar. Y ahí lo recordé.

Cómo odiaba las clases de educación física.

Desde que tengo uso de razón, siempre me fue mal (sí, en 1º grado también) y todo bien con el matador y demás juegos para entrar en calor. Pero desde el momento en que me hiciste transpirar una gota o mi respiración se asemeja a la de mi perro en pleno verano, no me agradás, profesor. 
Ni hablemos de esos no sé cuántos metros que nos hacían correr en el Estadio. Yo siempre me escondía en el baño cada 1 ó 2 vueltas mientras el profesor no nos veía. Y digo "nos" porque por alguna no tan extraña razón, siempre me acoplaba a otras tan ojotas como yo. Eramos cómplices, y las deportistas, nuestras mayores enemigas. 
Soy la anticrack, el mesías de la pachorra, y me vienen a obligar a correr.¡Encima por una nota! 
Qué puedo decir del handball... Mis peores recuerdos, mis mayores fracasos están guardados en este deporte de mierrrrda. Si cambiábamos de grupo, por ahí podía recuperar mi mala fama de inservible. Pero en cuanto pasaba una clase, mi no-destreza era descubierta. Lo peor de todo es que me enojaba mucho cuando no me pasaban la pelota. Había algo en mí que me decía que tal vez, sólo tal vez, era porque podía llegar a cagar el juego.
El fenómeno es aplicable a cualquier deporte.



No quiero que mis queridos lectores formen una mala imagen mía en sus cabezas. Sé que el deporte es salud. No soy un germen tampoco. Un poco nomás. Simplemente no disfruto el cansancio excesivo y la respiración dolorosa.

sábado, 8 de febrero de 2014

¡¿Y cómo dice...?!

Uno sabe que hay cuestiones que escapan al conocimiento humano, o, al menos, al de la mayoría de los mortales. Se es más bien promedio, con la sabiduría suficiente como para abrir una botella de gaseosa violentamente batida con anterioridad, sin que se nos rebalse. Unos pocos saben cómo evitar tirar un vaso lleno con bebida pegajosa, pero ahí ya estaríamos entrando en un terreno más barroso. 
Aspectos esenciales en la vida, aprendizajes que nos acercan más al mañana que anhelamos; rústicas herramientas que sólo los iluminados sabrán moldear de forma ergonómica para su uso cotidiano.
 Marcelo Tinelli es un banana, pero seguro que vos no podés comer un alfajor de un solo bocado como él. Talentos que… no, talentos no. Conocimientos abrumadores que mueven multitudes deseosas de poder hacer lo mismo.
Franklin sabía contar de dos en dos y atar sus agujetas, pero siempre había algo que la pobre tortuga (o tortugo, nunca supe) ignoraba y debía afrontarlo junto a sus amigos absurda y desproporcionalmente iguales a él. De modo que, para cuando un capitulo finalizara, Franklin era más apto para convivir en “sociedad” (si se le puede llamar así, ya que era un bosque poblado por animales). 
Quizá si no fuera por el profesor Búho, Franklin sería hoy un inadaptado social que ata agujetas por la vida. Por suerte no resultó así.
Vayamos a la perspectiva cotidiana, al día a día... ¿Sos un queso en la cocina? No importa, se puede disimular. Seguro sos un sofisticado cliente de los delibery’s y no sos de los que piden una mozzarela ¡pfff! De rúcula y jamón crudo, o a lo sumo, una de roquefort.
¿No entendés la diferencia entre los tipos de vinos? También se puede disimular. Te servís un poquito, movés la copa en círculos y lo olés delicadamente. Posterior a un silencioso sorbo, lo aprobás. No tires nombres al azar, mientras menos arriesgues, mejor.

Pero hay algo que no se acepta de ninguna manera y la condena es dura si no sabés hacerlo, porque automáticamente de convertís en la gota de aceite en un vaso de agua. Rancho aparte, totalmente. La desesperación es notoria, y nadie te va a ayudar. Y no intentes disimularlo, es en vano. Mirás a todos disfrutando de ese conocimiento, esa capacidad de memoria que te da un empujón cuando todo está silencioso. Querés ser parte del todo, y el todo te da un caluroso abrazo de bienvenida porque sos un miembro ejemplar y aplicado. No como esos… esos estúpidos que intentan taparse como si nadie lo notara. Pobres.
¡El todo es absorbente, pero no me absorbe a mi! Y todo por eso. Debo aceptarlo y compartir con ustedes esta desgracia que, espero, no sea motivo de prejuicio. No es mi culpa, no lo puedo evitar…



No me sé ninguna puta letra de canciones. Es horrible. Todos muy gozosos entonando las estrofas de esos anthems infaltables de Tan Bionica o Abel Pintos (o Agapornis, en su defecto). O las de Fito, Los Redondos, Fabiana Cantilo, qué se yo.  Charly querido, perdón por esta deficiencia. Intoxicados, después Daddy Yankee. Toda esa cosa que nada que ver con nada pero que tienen esto en común. No hay caso, no retengo las palabras.
Lo bueno es que no estoy sola en esto. Mi amiga Lucha (perdón por el quemo) también lo padece. Y no podemos hacer más que reírnos de esta realidad. Al mejor estilo Capussotto, nos pasamos el mando después de esa parte conocida tipo “que noche mágica, ciudad de Buenos Aires” y no se cómo sigue, como poniendo a prueba a la otra. O nos reímos a carcajadas de forma artificialmente oportuna. También nos funciona tomar un trago mientras tanto. Absolutamente al pedo. Yo sé que se nota.
No hay medicina para esto, porque no se lo considera una enfermedad. Mal hecho. Nos convierte en monstruos que bailan como si se pusieran en la piel del tema.
El karaoke me parece simpático.


viernes, 17 de enero de 2014

The perks of being a chichón de piso

Dicen que las enanas tenemos carácter. Debe ser que la falta de estatura potencia cualquier estado emocional por el que estamos transitando. Sobre todo la ira... Me imagino esos tubos de GNC, nada más que en vez de ser gas natural comprimido, sería EPC (enojo en persona comprimido).

Cuando uno se encuentra en una situación límite, de esas que lo agarran desprevenido, hay que manotear los recursos que tenga al alcance de su mano. O su altura.

Cuando tengo que agarrar algo que no está a mi alcance en la cocina, me trepo a la mesada o, en un caso de extrema pachorra, un banquito no viene mal. Mi compañera de depto es bastante más alta que yo, así que casi siempre me termina alcanzando todo. Al principio eran reiteradas risas y chistes obvios, ya que debe haber sido primeriza en cohabitar con esta especie. Ya pasadas unas semanas, formó parte del diario vivir y todo fluyó como agua en garganta de resacón. :)

Otra situación que me está tocando vivir gira en torno a la moda. Son esas plataformas de aproximadamente 30 cm de alto, similares a los zancos, nada mas que un poco mas gruesos. Perfecto! Son cómodas, se usan y me hacen ver alta, dije apenas salieron. Pero me can-sa-ron. Tiré la toalla y volví a mis amadas ojotas. Eso sí, en los bares es notorio el desnivel. No importa, me la banco. Después de todo, ya todos saben la realidad. ¿Para qué mentir?



Mi moto tiene diversas fallas, entre ellas, a mi criterio, una esencial: bocina.
Esa mierda parece un perro afónico tosiendo. Vos dirás "es una bocina, nada más". Es mucho mas que eso.
Es la extensión de la voz del conductor en escenarios numerosos; tanto más para una enana que aparenta ser menor. 
Defensora de las leyes de tránsito (exceptuando lo del carnet; lo tengo vencido desde hace 2 meses), me violenta escuchar quejas sobre las motos, como si fuera un género estereotipado. Que se pasan por la derecha, que son una plaga, que esos escapes de mierda tendrían que prohibirse, que bla bla bla. Y tienen mucha razón. Pero, ¿qué pasa con los flamantes conductores de autos? Muchas veces atentaron contra mi vida casi estampillándome como mosquito en una puerta recién abierta. Miren por el espejo!! Yo no tengo, pero hago un leve movimiento de cabeza hacia atrás. Ya saben, como para... VER SI VIENE ALGUIEN.

Por el mismo motivo, hoy casi nos traga un auto. Justo cuando pasábamos, uno estacionado quiso salir, mirando para cualquier lado. Nuestra lógica reacción (la de tocar bocina) si vio coartada por el motivo antes dicho. Mi hermana venía manejando esta vez, así que hice de las mías. Como dije antes, hay que usar cualquier recurso, no importa si sos petizo o si no tenes bocina.
Seguí con la mirada al Sr. auto hasta que se dignara a mirar para adelante y ver la atrocidad que estaba cometiendo. Finalmente me miró y... creo que en ese momento si mi profe de locución me hubiera visto, habría estado muy orgulloso de mi. Modulé como nunca en mi vida y le tiré al aire un gran "pelotudo". Por lo general, otros sres. autos se dan vuelta y hacen de cuenta que no me vieron. Este pescó la fiebre Dakar y aceleró quedando casi pegado a mi moto. Quiso meter miedo y abrió su ventanilla: "Cuidado con tu boquita, que te puedo entender".  "Era para que me entiendas", le contesté, y con mucho cuidado, un gran fuck you apuntando a su espejo retrovisor me llenó el alma. 

No hay excusas para nada. Contá hasta 10 y acordate del entorno.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Bajemos un cambio

Si sos "kirchnerista", hacé de cuenta que no es el fragmento de un programa de TN. 

Si sos "anti k", pará, sé racional y no te dejes llevar por las emociones que obviamente el modelo te genera (y algunos medios). 

Lamentablemente, yo soy de las que no se sienten representadas por nadie. En algún momento sentí que podía sentir simpatía con cierto sector. Pero es triste que ya me sienta totalmente decepcionada con nuestros tan mentados líderes y sus planes a futuro. No me atrevo a escuchar esos proyectos, porque apenas pueden, los atrofian hasta ser lo contrario a lo que alguna vez dijeron. Siento que nos espera un futuro de mierda, y sé que no soy la única. Pero ese no es el punto...

Comparto este editorial para que lo escuchemos no como k, ni anti k, sino como argentinos. Porque, después de todo, los que no la votamos no podemos decir que queremos prescindir de sus servicios. Es la Presidente de todos, nos guste o no, y todavía falta.

Dejando la imparcialidad a un lado, no deja de sorprenderme el optimismo que la mandataria tiene. Es increíble... y no estoy justamente adulándola. Por lo menos hubiera compartido algunas palabras mostrando un poquito de dolor por el país el otro día en los festejos de la Democracia. Como para endulzar los oidos... Digo!

Les dejo, entonces, el fragmento de anoche de El juego limpio de Nelson Castro.


domingo, 1 de diciembre de 2013

¡A vos, quierosaberlotodo!

Léase lo escrito a continuación con voz reflexiva y no efusiva, ya que así fue pensado. De lo contrario, haga lo que se le cante el culo (eso también con la misma voz).

Qué hermosa es esa duda que motiva, y a la vez qué inútil.

La rutina es esa sed de saber cosas que nunca serán del todo comprensibles, aquellas con las que nadie tiene la última palabra. Nada está del todo mal… ni del todo bien. Es una inquietud de querer ponerle un punto final a lo que parece tan complicado al divino pedo, como si este mundo careciera de complejidad. “Los grandes hacen ver las cosas más complicadas de lo que son en realidad”, pensaba. Y lo sigo pensando –no soy tan vieja-. Debe haber un centro de creación de problemas para que los ignorantes nos mantengamos entretenidos por largas horas de pensamiento cíclico. Un tema cansa, ¡pero el stock es inagotable!

Esto me hizo acordar a la escuela. Te daba sueño el solo pensar en levantarte temprano todos los días, las integradoras, algunos profesores. No veías la hora de terminar. Pasan los años y finalmente encontraste esa línea divisoria entre el cielo y la tierra, ese horizonte tan lejano al principio… ¿y ahora? Sinfín de horizontes. ¡Qué problema! ¿”Qué problema”?

La vida es eso, supongo. Estar puliendo y cuestionando todo lo que se pueda, siempre que traigamos bajo la manga una propuesta de solución. Si no, chito la boca, cocorito/a.

Nunca fui la sabelotodo en nada. Siempre fui la quierosaberlotodo en casi todo, incluso en terrenos barrosos e inseguros. (Evidencia: clases de semiótica)

Sin embargo, cada vez que sabés algo nuevo, tenés también una nueva responsabilidad. Es el qué hacer al respecto. Esa delgada línea entre ser periodista de investigación o un chusma; abogado de la vida o la vieja que mira la calle desde su casa.

No hay que meter la nariz donde no te llaman, dicen. ¿Será que, como mi nariz no es pequeña, me entero hasta de lo que no quiero?

Saber algo y no poder hacer nada al respecto es peor que no saber nada. ¿Para qué saber todo si la mierda rebalsa? 

Les dejo una foto de Mahatma Gandhi, que no tiene nada que ver con esto pero siempre garpa y además lo respeto.